AEDFI | Historias. Italia, comienzo y fin de una maldición
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HISTORIAS DE LA SELECCIÓN

ITALIA, COMIENZO Y FIN DE UNA MALDICIÓN

Por Rogelio Núñez

España se mide a Italia este 2 de septiembre en un partido que es casi una final para ver quién se queda con el liderato del grupo y, de paso, enfila la proa hacia el Mundial de Rusia 2018. Italia y el país transalpino en general han estado muy presentes en la historia de la selección. Muy presentes desde el inicio de su historia ya que ambas escuadras se midieron por primera vez en el debut del combinado español en un torneo internacional. Ocurrió en 1920, en los Juegos Olímpicos de Amberes, cuando el bloque entrenado por Paco Bru venció a la Italia de Guiseppe Milano por dos goles a cero.

De hecho, este 2 de septiembre  (justo 97 años después de que se jugara ese primer partido entre ibéricos y trasalpimos) llega este nuevo clásico del fútbol europeo, el 37º, entre españoles e italianos: el balance general muestra 10 partidos ganados por España, 15 empates y 11 triunfos de Italia, con 40 goles a favor y 41 en contra. De hecho, el conjunto italiano es la selección que más veces ha jugado frente a España, seguida por Francia y Portugal con 35 choques.

Los España-Italia encierran una historia llena de sensaciones agrias, en unas ocasiones, y dulces, en otras. Entre las primeras la goleada (7-1) de 1928 en Amsterdam, en los JJOO;  la derrota en el Mundial de EE UU (1994) o la caída en octavos en la pasada Euro (2016). Asimismo, decir Italia representa para España sinónimo de gloria: en especial el 4-0 de la final de la Eurocopa de Polonia y Ucrania. Pero también las semifinales de la Copa Confederaciones de 2013 donde de nuevo, en los penaltis, España superó a los italianos tras haberlo hecho en los cuartos de final de 2008.

Italia, además, está presente en el nacimiento primero y muerte después de un hándicap (maleficio, gafe, profecía autocumplida, síndrome de inferioridad… o como quiera llamarse) que durante más de siete décadas arrastró y maniató al conjunto español. En Italia, y contra los italianos, nació en 1934 la maldición de los cuartos (y del “jugamos como nunca y perdimos como siempre”). Contra Italia, 74 años después (2008) España se quitó para siempre de encima esa perenne sensación de inferioridad y mala suerte que le impedía ganar a los grandes y transformarse en uno de ellos.

El nacimiento de un mito histórico negativo (1934)

En los años ´30 España debutó en un Mundial precisamente en Italia: el que se celebró en esas tierras transalpinas en 1934. La selección acudió al Campeonato que se organizaba allí con un bloque de jugadores muy competitivos. Para llegar a aquel Mundial hubo que superar una eliminatoria a ida y vuelta contra Portugal: en Madrid, España se impuso por 9-0 a los lusos (partido al que asistió el presidente de la II República, Niceto Alcalá-Zamora) y en el país vecino el combinado dirigido por García Salazar alcanzó una victoria más ajustada por 1-2.

Luego, una vez con el billete obtenido, la selección se preparó para aquella cita con tres partidos amistosos contra el Sunderland de la Primera División Inglesa. El primero acabó con empate a 3 (dos goles obra de Chacho) y se disputó en San Mamés. El segundo tuvo como escenario Madrid y el tercero, Valencia donde España cayó por 3-1. La expedición española estaba compuesta por nombres que han pasado a la historia del balompié español como Ricardo Zamora o la histórica pareja de defensas del Madrid, Ciriaco y Quincoces. Además, figuraban en aquella lista Cilaurren, Gorostiza, Vantolrá, Luis Regueiro, Chacho, Bosch, Lecue, Lángara y Campanal.

España jugó tres partidos en aquel Mundial de Italia. El primero contra Brasil en octavos de final, equipo en el que brillaban ya figuras de la talla de Leonidas. El 27 de mayo de 1934, en el antiguo estadio Marassi (hoy Luigi Ferrari) de Génova, fue la fecha del debut español en una cita mundialista. Brasil acudía como la gran favorita y cabeza de serie frente a una España de la que no se esperaba nada o muy poco.

Los españoles arrollaron a los brasileños en la primera parte, ganando por 3-0. Iraragorri, de penalti, marcó en el minuto 18 el primer gol español en una fase mundial y el ovetense Isidoro Lángara anotó los otros dos. Leónidas consiguió el único tanto brasileño pero acrecentó la leyenda de Zamora quien le detuvo un penalti. La gran actuación de Lángara le valió ser portada de la revista As así como palabras elogiosas de José Samitier quien le consideraba “el mejor delantero centro del país”.

En cuartos España se midió a Italia que no solo era el equipo anfitrión sino que contaba con todo el respaldo del régimen fascista de Benito Mussolini quien había apostado el honor italiano a alcanzar el éxito en la gran cita futbolística. Ambos equipos se jugaron el pase a las semifinales el 31 de mayo de 1934, en el estadio Comunale de Florencia. Se trató de un encuentro no solo muy competido sino brusco e incluso violento: ha pasado a la historia como “la batalla de Florencia”. Una astucia en el saque de una falta entre Lángara y Regueiro –autor del tanto- en el minuto 30 puso por delante a los españoles. Al final de la primera parte, a la salida de un córner, empataron los italianos a través de Ferrari. En la segunda parte, el árbitro anularía también un tanto español por un fuera de juego, pero el marcador no se movería tampoco en los 30 minutos de prórroga, por lo que hubo de disputarse un partido de desempate.

Ciriaco, baluarte de aquel equipo español,  rememoraba años después la “batalla de Florencia”:

“Claro, aquello fue un robo. Nos robaron en los dos partidos, porque nosotros fuimos mejores que los italianos, ya lo creo y si no llega a ser por decisiones arbitrales partidistas, nosotros hubiésemos eliminado a Italia. En el primer partido nos marcaron el gol en clara falta, los atacantes italianos se abalanzaron sobre Zamora y otros defensas y al final Ferrari Giovanni empujó el balón con la cabeza. Imagínate que el árbitro, el belga Baert, se quedó quieto pensando en señalar la falta, pero el público gritaba y gritaba de manera insistente y al final cedió ante la presión y acabó señalando el centro del campo. El partido fue muy duro, porque los italianos parecían tener licencia para todo, especialmente sus dos defensas, Monzeglio y Allemandi, muy flojos técnicamente pero muy duros, incluso violentos. Pero el peor era Monti, en el centro del campo. Jugaba escorado hacia nuestra izquierda y se notó muchísimo, porque en el segundo partido no pudieron jugar ni Fede, ni Gorostiza, o sea, los que se habían atrevido a acercarse por su zona. Monti tuvo una actuación violentísima, que el árbitro se la permitió. Y ahí no acabó la injusticia, porque en la segunda parte Moncho de Lafuente hizo todo un jugadón, se escapó de los defensas italianos, jugándose la pierna, y en jugada personal marcó el 2-1. Y aquí llegó nuestra sorpresa porque el árbitro lo anuló porque quiso. No hay otra explicación, pues cuando nos comentó que había sido fuera de juego nos pusimos a reír, porque Lafuente había hecho la jugada él solo, sin apoyo de ningún compañero”.

El encuentro de desempate se jugó al día siguiente en Génova con siete jugadores españoles, titulares en el primer duelo, fuera del once por  problemas físicos (Zamora, Lángara, Ciriaco, Gorostiza, Fede, Iraragorri y Lafuente). La selección cayó por la mínima en un partido marcado, además, por otras lesiones como la de Bosch.

Así lo recordaba Ciriaco en 1996 en la revista de la IFFHS “Fussball-Weltzeitschrift” (Nº 30):

“Cuando saltamos al terreno de juego para disputar el segundo encuentro, al ver el griterío del público, la fuerte presión ambiental, ya estábamos convencidos de que no íbamos a pasar. Era literalmente una encerrona. Si después de haber sido mejores en el anterior encuentro no nos dejaron ganar, ahora, lo teníamos mucho más difícil. Además, tuvimos que jugar con muchas bajas. Yo mismo salí al campo con una rodilla muy lastimada, sabiendo que no iba a poder jugar al máximo. Hice un partido muy cerebral, porque tenía una gran responsabilidad, por eso jugué midiendo mucho mis actuaciones, buscando estar colocado lo mejor posible para despejar los ataques italianos. El problema era que por muy bien que jugásemos, el árbitro siempre se inclinaría a favor de Italia. Y así fue. A Campanal le anuló un gol en fuera de juego que todavía me pregunto cómo se atrevió a anularlo cuando fue un pase al centro del área, donde estaban varios defensores y el único fallo fue del portero Combi que tardó en salir. Para colmo, Monti siguió castigándonos con su antideportiva costumbre de lesionar a los rivales. En veinte minutos se cargó literalmente a Chacho y a Bosch. Al extremo a los cinco minutos, en una verdadera agresión en medio del campo y a Chacho poco después del gol anulado. Con todas estas circunstancias negativas, el equipo siguió manteniendo el tipo. Durante la segunda parte somos nosotros quienes tomamos la iniciativa y buscamos el empate. Llegamos a empujar mucho, acorralando a Italia, pero no tuvimos suerte, máxime cuando Luis Regueiro y poco después yo mismo, nos lesionamos y tuvimos que salir del terreno de juego. Entonces nos quedamos con nueve hombres y muy mermados de fuerzas, hasta el punto que cuando regresamos Luis y yo, ya no hubo suficiente fuelle como para apretar y forzar a Italia. Fue una lástima”.

El fin del complejo de inferioridad (2008-2012)

España se deshizo de todos esos complejos de inferioridad gracias a las victorias de 2008 ante Alemania en la final de la Eurocopa, de 2010 frente a Holanda en el Mundial y, finalmente, con el triunfo por 4-0 en la final de la Euro de 2012 contra la squadra azzurra. El gol de Torres en Viena fue una liberación; el de Iniesta en Johanesburgo una explosión de euforia, y el partido de Kiev ante los italianos confirmó que España estaba haciendo historia.

Pero antes de que llegaran ese cúmulo de triunfos un partido, un encuentro precisamente ante Italia, otorgó a la selección la autoconfianza necesaria para mirar de tú a tú a sus rivales, hasta entonces más temidos. España comenzó a creer en sí misma y en sus posibilidades el 22 de junio de 2008, en Viena, cuando eliminó al conjunto transalpino tras la tanda de penaltis, gracias a las grandes paradas de Casillas y al acierto final de Cesc Fábregas.

Una Italia que todavía estaba en la mente de todos pues había prolongado en 1994 el maleficio que parecía arrasar España cuando un codazo de Tassotti a Luis Enrique no fue señalado y cuando Julio Salinas falló un gol que habría llevado a la selección a semifinales del Mundial de Estados Unidos. La derrota por 2-1 dejó de nuevo a España clavada a las puertas de la gloria lo cual hizo pervivir el gafe histórico. Todos aquellos malos recuerdos quedaron superados cuando en 2008 la selección superó a Italia en cuartos de la Eurocopa. Tras empatar a cero en el tiempo reglamentario y la prórroga, dos paradas de Casillas en la tanda de penaltis apearon a Italia, clasificaron para semifinales a España y arrinconando los hándicaps históricos en el baúl de los recueros.

Cesc, el hombre que lanzó el penalti decisivo, resumió muy bien la forma en la que acababa toda una época de la historia de la selección y se abría la puerta a otra bien diferente: “Nosotros no pensamos mucho en eso (superar la maldición de cuartos). Si la gente se alegra tanto de la victoria de ayer es por lo que se dice alrededor, pero nosotros hemos venido a ser campeones, no a pasar de cuartos. Hemos venido a entrar en la historia de los más grandes que es ganar la Eurocopa”.

Y el otro protagonista de aquel partido, Casillas, puso en el dedo en la llaga al mostrar la importancia futbolística y anímica que aquel encuentro: “Cuando pasamos contra Italia fue el momento en el que nos quitamos el peso que teníamos encima. Fue una Eurocopa en la que íbamos creciendo. Sabíamos que ese era el momento clave”.

Cuatro años más tarde España completó un partidazo en una nueva final de Eurocopa, ante Italia, ganando por 4-0 con tantos de Silva, Alba, Torres y Mata. Se llevó a cabo un partido irrepetible, una joya, una obra de arte. Buen juego, “cuatro goles para la eternidad”, como titulara Marca… y finalmente caballerosidad ante el rival derrotado.  Una anécdota lo resume bien. “Ref, ref… Respect for de rival, respect for Italia (“Árbitro, árbitro, respeto para el rival, respeto para Italia)”. Con esas palabras dirigidas al colegiado, Iker Casillas pedía que se acabara el partido cuando antes y que no se descontara más tiempo de una final ya decidida para España.

Como en el cuadro de Las Lanzas de Velázquez, la superioridad no debe impedir la caballerosidad para con el rival.